El cambio de armario definitivo ha llegado. Así, de repente, como la ola de calor a Madrid.

Al sacar todos los vestidos de verano me he llevado una desagradable sorpresa: de repente me parecen todos cortísimos. Yo, que siempre que alguien decía eso de “No tengo edad para llevar eso, es demasiado corto”, ponía mi mejor cara de “Eso que dices es una chorrada”, de repente me he visto diciendo exactamente eso.

Primer síntoma de que voy camino de ser una señora.

El caso es que, después de una limpia exhaustiva en la que mucha de mi ropa se ha quedado para ir a la playa/piscina (que ahí el corto no importa porque debajo está el bañador para salvarte) y otra tanta se la he dado a mi sobrina de 8 años, sólo han sobrevivido a la criba unas pocas prendas de verano. Concretamente mis favoritas.

 

El vestido azul de lunares

En el fondo sé que este será nuestro último verano juntos. Siendo honesta debería haber salido de mi armario junto con el resto de ropa para dar, pero cuesta demasiado deshacerse del que ha sido tu vestido favorito durante 7 veranos. Lo compré en ASOS en 2012, año en el que descubrí que los vestidos skater son los que mejor me sentaban (y lo digo en pasado porque sientan muy bien cuando eres una joven de 21 pero no tan bien cuando tienes casi 30). Ahora me siento un poco niña pequeña con ellos.

 

 

El vestido de las piñas

Compite con el azul de lunares por la posición de vestido favorito. También lo compré en ASOS y ojalá fuera un poco más largo porque sabe Dios que me iría con el a la tumba. Este, a diferencia del de lunares, tiene una tela más fina que hace que tenga más papeletas de convertirse en un vestido playero/piscinero en el futuro (véase el verano que viene).

 

 

El mono de segunda mano

Lleva conmigo aún más tiempo que el vestido de lunares. Lo compré en 2011 en una tienda de ropa de segunda mano de Ibiza y no me puede gustar más. Es cómodo, sienta bien y tiene lunares (y con eso lo digo todo).

Diría que, actualmente (y después de haber destronado a los vestidos skater del top 1 de las cosas con las que mejor me veo), los monos han pasado a ser la pieza con la que más cómoda y más fresca voy en verano.

 

 

El vestido de 6 euros

El modo de vida que llevo desde hace un tiempo en el que intento consumir con cabeza, comprar ropa que realmente “necesite”, y a poder ser en tiendas de segunda mano, me ha hecho una persona mucho más consciente.

Aunque sigo entrando en las tiendas y mirando ropa, consigo salir sin comprar nada porque siempre, con la ropa en la mano, me pregunto: y esto para qué si ya tienes mucho.

El caso es que, viendo el panorama en el que el 80% de mis vestidos no me los iba a volver a poner por cortos, decidí darle el sí a un vestido de flores de Urban Outfitters que estaba en el burro de las ultra rebajas y que costaba 6 euros (increíblemente barato para ser UO).

 

 

El bañador de poliester reciclado

Soy de esas chicas que es fan de los bañadores enteros y se alegra infinito de que ahora estén en todas partes. Los bikinis siempre han sido para mi una de esas cosas difíciles de afrontar cuando llegaba el verano. Llevarlos siempre ha implicado abrazar de golpe todos mis complejos + el tema de estar blanca nuclear. Todo mal.

En general, y aún sintiendo que tengo a mis complejos algo más a raya, llevar bikini es algo que me genera incomodidad mientras que con el bañador entero me veo hasta guapa.

No tenía planeado comprarme bañadores este año y pensaba sobrevivir con el único bañador entero que tengo y algún bikini pasable. Pero un día, paseado por Estocolmo, me llamó la atención el escaparate de Weekday en el que tenían expuesta una colección de bañadores hechos con poliester reciclado. Me pareció una iniciativa guay y una muy buena forma de contribuir con el planeta así que me compré uno de sus bañadores.

 

 

Las alpargatas de toda la vida

El segundo dilema de cada verano después del del bikini siempre ha sido el del calzado. Durante años no he conseguido encontrar sandalias que sintiera que me pegaban o que me gustaran al 100%. Siempre he llevado zapatillas (en concreto Vans) porque cuando me ponía cualquier otra cosa como que no me veía.

El año pasado rompí esa barrera estúpida y me adentre en el mundo sandalias de la mejor forma: con unas alpargatas de toda la vida.

Aunque la oferta es infinita y hay marcas muy bonitas que apuestan por ellas, también siento que se les va la mano con el precio. Por suerte para mi, el modelo que más me gusta se compra en una alpargatería de toda la vida de Madrid y cuesta 14 euros.

 

 

Este año, además de volvérmelas a comprar porque las del verano pasado acabaron destrozadas, he apostado por partida doble por lo artesanal, tradicional, y 100% made in Spain, y me he comprado unas alpargatas de esparto hechas a mano por una pareja de payeses de lo menos 90 años en mi última visita a Ibiza.

Ahora ya tengo, junto con los zuecos, 3 zapatos de verano. Increíble pero cierto, jamás pensé que este día llegaría.