Es bien sabido que recurrentemente necesito tomarme un break y salir de Madrid. Creo que se nota porque en el último año no he dejado de viajar.

La última escapada ha sido a Ibiza.

Mis visitas a la isla son periódicas porque mi amiga del alma (o sister from another mister como me gusta decir a mi) vive ahí desde hace 4 años y cualquier excusa es buena para ir a verla. Es bonito y de afortunada sentirte como en casa en un sitio así (de ahí que Ibiza se haya coronado isla de mi corazón).

Cuando me preguntan sobre ella siempre digo que la mejor época para ir es cualquiera menos verano, que Ibiza es mucho más que la imagen de drogas y fiestas que se empeñan en perpetuar, y que Santa Gertrudis es el pueblo más bonito de todos.

Como es obvio, en verano todo está lleno y, aunque las calas y playas siguen siendo un espectáculo haya o no haya gente, no es lo mismo. La isla se merece que la disfrutes a solas y, seguramente, tú también te lo merezcas. Además, el paisaje que te regala el invierno y la primavera no tiene nombre. El campo está loco de bonito y lleno de flores.

 

 

Y hablemos de playas y de ese agua cristalina. Yo, que me volví sibarita (o más bien escrupulosa) en la adolescencia, había dejado de bañarme en determinadas playas con según que color del agua porque me daba “cosa” (asco). Entonces fui a Ibiza por primera vez con 19 años y vi ese mar; ese color del agua. Instant crush.

 

 

En esta isla soy inmensamente feliz, siempre me siento inspirada y, cuando vuelvo a casa, lo hago satisfecha y plena porque encontré ahí lo que no sabía que buscaba.

Este viaje ha sido especialmente bonito y lo recordaré siempre por muchas cosas que pasaron pero sobre todo porque, aunque físicamente éramos cuatro, en realidad éramos cinco.

 

 

Ibiza, te quiero.

Hermanas, os quiero.