Según me hago mayor, es cada vez más recurrente en mi vida eso de despertarme un día y darme cuenta de que el tiempo pasa muy rápido. 

Hoy, 14 de Febrero, día de San Valentín, me he levantado de la cama, me he sentado en el ordenador a revisar el correo y me he dado cuenta de que hace 2 años empecé a trabajar en Bourguignon Floristas. O dicho mejor y más como lo siento: Hace dos años que mi vida cambió para mejor y se llenó de flores. 

Quizá lo mejor sea contar la historia de cómo llegué hasta aquí desde el principio. Es como mejor empiezan las historias realmente. 

Hace dos años yo era la típica chica licenciada en una carrera que le interesaba mucho pero de la que no se veía ejerciendo, con un máster en Coaching recién terminado que más que abrirme puertas lo que me abrió fue la mente, y que trabajaba en una heladería a tiempo parcial mientras (como no) estudiaba otro máster en Community management y se preguntaba qué coño iba a hacer con su vida laboral.  

Ya unos meses antes, había empezado a trabajar como creadora de contenido y community manager con Rocío, la persona detrás de Real Fábrica Española. Quien dice trabajar, dice aprender porque eso fue básicamente lo que hice y de la mano de una de las mejores empresarias que he conocido. Ella fue la primera persona que me incitó a hacer lo que hago y estar hoy donde estoy sé que se lo debo a ella (Ro, te quiero).

Fue en este contexto, y mientras yo ponía helados, cuando conocí a Belén, mi ya sister from another mister, y compañera de trabajo. Me llevó a Bourguignon, con quien ella ya trabajaba, y donde, además de un trabajo, surgió una bonita historia de amor: la mía con las flores. 

Siempre digo que a mi las flores me salvaron, y es verdad.

Si tuviera que decir cómo estaba yo en aquel entonces, la palabra es perdida. Eso no quiere decir que estuviera mal. Estaba en el camino a algún sitio, encontrándome, explorando, buscando mi sitio en el mundo. Como se debe vivir, vaya.

Estaba nerviosa porque lo desconocido siempre asusta,  pero también tranquila y contenta porque el mapa de opciones era infinito y el poder de decidir qué hacer siempre sería mío. Era un momento especial e íntimo del que sentía que iba a sacar lo que llevaba mucho tiempo buscando: una definición de mi misma con la que me sintiera a gusto. Una identidad personal, pero sobre todo laboral. 

Aquí, las flores, tuvieron un papel fundamental. Conseguí todo eso que andaba buscando de la mejor forma y rodeada siempre de belleza. Las flores curan, inspiran, me dan trabajo y me hacen tremendamente feliz. He construido una identidad a través de ellas que me representa y con la que me siento más cómoda que nunca.  

¿Qué más se puede pedir?

Ahora voy por el mundo mirando, fotografiando y pensando en flores.