Es muy difícil sentarse delante de un ordenador y ponerse a escribir sobre uno mismo. En general, es muy difícil hablar de uno mismo. Por lo obvio y por lo que no es tan obvio.

Empezaré por lo difícil, que es casi sobre lo que más reflexiono últimamente.

Era Octubre de 2014, tenía 24 años y no sabía quien era. Aquí es cuando hago un paréntesis gigante y os explico porqué.

Siempre me ha resultado muy difícil definir lo que es ser melliza de alguien. La forma en la que yo he vivido esa experiencia toda mi vida es algo que, aún hoy, me resulta complicado poner en palabras. Por lo grande, bonito, único, irrepetible y mágico que es. Pero también por lo difícil y confuso que ha sido para mí desarrollarme como ser humano independiente.

Yo era yo, pero sentía que lo era respecto a alguien. No es que me comparase exactamente porque es obvio que no somos iguales y tampoco somos una. Somos una cada una, con la suerte de tener una mitad. Esto, que es tan bonito, se vuelve complicado cuando estás mirando al infinito y preguntándote quién eres tú en tu mismidad. Porque no lo sabes.

Y ahí estaba yo. Con la carrera recién terminada, preguntándome y ahora qué, además de y yo quién soy. Todo eso atravesado, además, por un miedo a responder a esa pregunta que no me dejaba vivir.  

Llegó el gran “crack” a mi cabeza. Y como casi todos los cracks, se solucionan mirando dentro. Escuchándose. Preguntándose. Prestando atención. No es fácil. Asusta. Puro terror. Pánico nuclear.

Por aquel entonces, ese miedo me acompañaba a todas partes y vivía con el pensamiento constante de que en realidad nada podía definirme porque yo no era buena en nada, sabiendo que en el fondo lo que tenía era pánico a demostrar que realmente era buena en algo. 

Sencillamente elegí pensar así. Y digo elegí porque creedme, siempre es una elección. 

Por aquel entonces ya hacía fotos pero estaba tan cagada que, a mis ojos, yo nunca estaba suficientemente preparada para ir más lejos. Yo nunca era suficientemente buena. Tanto es así que cuando la gente me preguntaba si era fotógrafa yo decía: No, yo hago fotos.

Nunca dejando que lo que hacía me definiera ni mi propio talento me diera una profesión. 

No os hago ningún spoiler si os digo que así nunca se es feliz. Que de tanto mirar hacia fuera, a lo que crees que se espera de ti, te desconectas; te desenchufas de lo que en realidad sí eres. 

Y aquí va el segundo spoiler: Las cosas desenchufadas no funcionan. 

Y yo lo entendí. Con el tiempo y con ayuda de un coach, pero lo entendí. Lo sentí y fue como cuando ves algo impresionante al otro lado de una verja: Ya no puedes fingir que no lo has visto. 

Desde entonces, en mi cabeza, se repite como un eco una frase: Refleja lo que eres. En todos los sentidos y de todas las maneras. Y ¿sabéis? Sólo puede salir bien. 

Porque incluso con lo obvio, que es que soy una millennial autónoma, con un trabajo creativo que el día de mañana se puede acabar, y residente en un mundo que te lo da casi todo menos garantías de seguridad, sé quién soy y porqué hago lo que hago. Saberlo, y sobre todo vivir acorde a ello, me ha traído hasta aquí. Hasta donde yo quería estar. A sentirme más yo misma que nunca.

No siempre es fácil. Muchos somos parte de una generación criada en una mentalidad, pero dueños de otra muy distinta, que asistimos casi cada día en nuestras cabezas a un combate en el que ambas formas de pensar se pegan mientras el miedo hace de árbitro.

Pero hay que intentarlo, siempre.