Cuando estaba en el colegio nunca fui la típica niña ejemplar que sacaba siempre
buenas notas. Si tuviera que definirme en una palabra, esa sería normal; una niña que
se esforzaba para llegar al notable y se quedaba en el bien.
A los 13 años descubrí que odiaba las matemáticas y me encantaba la historia.
Me gustaba la forma en la que siglos enteros cobraban sentido, todo producto de algo
anterior; todo un gran desenlace que un día fue un comienzo.
Creo que fue entonces, en esas clases de historia, cuando aprendí por primera vez la
importancia del contexto, de contar la historia dos pasos antes de su verdadero inicio y
tres después de su aparente desenlace.
Recuerdo pocas cosas del colegio pero sí muy nítidamente aquel examen en el que me preguntaron por el reinado de Juana la loca y su novio el guapo, y yo le
empecé a contar la historia desde el surgimiento del estado moderno, las monarquías
autoritarias, y el reinado de los Reyes Católicos.
Aquel examen fue uno de mis pocos notables y jamás olvidaré el comentario en boli
verde de mi profesora que decía: “Muy bien contextualizado. Enhorabuena”.
Fue uno de esos grandes momentos estelares que uno siente que ha tenido es sus días
de colegio. De esas ocasiones en las que uno siento que lo ha hecho bien.
Creo que fue en aquellos años cuando en mi cerebro ordenado se instaló la necesidad
de entender los contextos para entender el contenido, y no sólo el de la historia de la
humanidad, sino el de las historias de todos los que me rodeaban y mi propia historia.
La verdad es que no siempre saco notable en mi vida poniendo contexto a las cosas
que me rodean ni interpretado el mundo desde mi mapa complejo, aunque me
esfuerce.
Quiero pensar que al menos llego a un bien que me da fuerzas para alcanzar el
sobresaliente.