Podría hacer una lista infinita de las cosas que parecen fáciles y que en realidad no lo
son en absoluto.
Creo que en el top de esa lista estaría “Saber qué es lo que me gusta”. Pocas frases me
han generado tanta frustración en muchos momentos de mi vida. Desde luego es
mucho más fácil saber qué es lo que no te gusta, que lo que sí.
En mi caso, lo que me gusta y mi creatividad, han ido siempre de la mano. Soy de esas
personas que cuando algo le gusta, es como si un dique de inspiración y ganas se
rompiera y lo inundara todo.
De las cosas que me han gustado han salido las cosas que he hecho que más me
gustan, las fotos de las que más orgullosa estoy , y hasta las mejores relaciones que he
tenido.

Desde que, contra todo pronóstico, mi trabajo y sustento se ha basado en ser creativa
y hacer fotos y contenido para otros, me he convertido en una yonki de las ganas.
Tanto que, en los momentos en los que han escaseado, me he enfrentado a algo
totalmente nuevo para mi: las crisis creativas.
Algo parecido a que el demonio llame a tu puerta y tú estés en bragas.
Desde que empecé a hacer fotos con 17 años, nunca había sentido nada similar. La
creatividad fluía y sólo dependía de mí. Cuando convertí mi hobby en trabajo, me
enfrenté a los tiempos, las entregas, y a no poder pararte, y podéis imaginar que en
este contexto una crisis de este tipo nunca viene bien.
También me enfrenté a algo difícil de gestionar para mí que fue la pérdida de
objetividad (¿o es subjetividad?) con mi propio trabajo.
Ha habido temporadas de muchas cosas que hacer en las que me sentía una máquina
de churros pero que en realidad hacía fotos, y en las que todo lo que hacía me parecía
una mierda, aunque al resto le encantara.
Esto me quebraba la cabeza y en muchas ocasiones me bloqueaba.
No diré que no se aprenden cosas de las crisis, porque es obvio que sí. De uno mismo,
y de lo que uno quiere y le gusta. También te obliga a buscar nuevas formas en las que
funcionar mejor, en las que estar más a gusto contigo y lo que haces.
En definitiva, te impulsa a explorar nuevas formas de nadar para no hundirte. Eso
siempre es enriquecedor.
Yo creo haber aprendido a cómo gestionar mis propias crisis creativas. Dejar que
vengan como si fueran una ola, que tal cual llega, se irá. Verlas como necesarias y
como puntos de inflexión para tomar decisiones y nuevos caminos hacia estar mejor.
Al final las he acabado viendo como alertas que me indican que debo relajarme, parar,
y buscar formas de reencontrarme con las ganas.

En 2017, cuando empezaron, me di cuenta de que lo que más me ayudaba a acabar
con ellas, era viajar y tomar una bocanada de cosas nuevas. De sitios nuevos en los
que alimentar mi creatividad. 2017 ha sido el año que más y mejor he viajado de mi
vida y planeo que los próximos sean igual.
Otra cosa que me ha ayudado a combatirlas y llevarlas con un poco más de entereza,
ha sido volver a hacer sesiones y books. Me había desconectado mucho de todo
aquello y forzarme a pararme y pensar: “¿Qué fotos haría Bea porque le gustan a ella y
no por trabajo?” ha sido la clave.
En definitiva, dedicar tiempo a escucharme y cuidarme para no perder nunca las
ganas.
He empezado el 2018 con buen pie, y he hecho muchas de esas fotos “que me gustan a
mí”, y soy increíblemente feliz.